Cuartito oscuro

Robar pa’ tragar: sabe que no tiene de otra. No se va a morir de hambre. De eso no.

La méndiga luz lo molesta, siempre le ha cagado la madre. La oscuridad es más chingona, así se siente solo. Protegido.

Por eso cuando ve al güey de los bolillos se le deja ir encima. No sólo porque trae pinche canastota llena de panes. A güevo, comida. También porque es moreno y camina por la sombrita.

De un putazo en los güevos lo tira. Órale, cabrón. Los pinches bolillos se enlodan. No hay pedo. Aprovecha que el panadero se retuerce en el suelo pa’ chingarse lo que puede. Sale hecho la madre.

Pa’ su mala suerte el panadero es joto. Pinche puto de mierda. Suelta un grito de vieja que luego luego prende a la policía. La gente ve a los azules correr tras él: empiezan a perseguirlo.

Tremendo desmadre que se arma. La gente con ganas de matarlo a machetazos, y los polis cuidándolo. Me carga la chingada. Pa’ su suerte, alcanza a llegar una patrulla: derechito al ministerio.

Lo entamban dos días. Dos días que sí traga. Igual y pura mierda, pero traga. Lo sueltan: anda bien contento. Hasta se le olvida que su compañero de celda se lo enchufó. Puto.

Otra vez en la calle: tres días sin comida. Tengo hambre, puta madre. Se lanza a un crucero pa’ pedir limosna. Nomás que escogió uno ocupado.

Despierta metido de cabeza en un bote de basura.

Como puede sale del bote. Le da un trago a una lata de Coca que se encuentra. Pinche hambre culera. Todavía apendejado se pone a buscar a alguien pa’ volarle el varo.

Encuentra a un señor jetón en una banca, tapado con un periódico. A güevo. Le mete la mano a las bolsas del pantalón. Cuando despierta, el cabrón le mete la mano en el hocico.

Jodido y con hambre le avienta una piedra a una farmacia. La alarma suena. Llega la policía.

Por reincidente lo meten una semana al bote. Otra vez aquí. Le quieren meter otra, pero no pueden porque no se voló nada.

Tiene tanta hambre que se mete a la boca todo lo que le dan. Denme, denme.

Cuando lo sacan, no sabe qué le gustó más: que le dieran de tragar, o simplemente que le dieran. Qué rico. Por eso se agarra una esquina pa’ trabajar en la noche: así se puede llenar la boca de lo que quiera.

No le va tan bien, son puros indigentes calenturientos los que tienen pa’ pagarle. Pinches culeros de mierda, sáquense con su puto herpes a la chingada. Por lo menos en la cárcel todo sabía bien.

Una noche lo agarran cogiéndose a una ruca. Les ponen una chinga a los dos. Pendejos, ¿por qué nomás la violaron a ella? A él lo joden con medio año en el bote.

Metido en un cuarto oscuro: tres comidas al día, agua caliente y dos compañeros de cuarto. A toda madre. Tarda en acostumbrarse a que los guardias le muerdan los güevos mientras se la chupan, pero acaba agarrando el mismo vicio.

Cuando se le acaban los seis meses se da cuenta que le va mejor en el bote. Afuera tiene hambre y frío. Se siente solo. Solo, desprotegido. Desnudo.

Se quita la ropa y pasa por la calle corriendo y gritando pendejadas. Lo atropellan.

Despierta en un cuarto blanco. Le duelen los ojos. Pinche luz. Entra un señor con bata y le pregunta que si se quiere ir. Piensa que sí, pero se acuerda que ya no va a tener comida. Me lleva la chingada, tengo hambre. Por eso le acomoda una patada en los güevos.

Sale corriendo pa’ escapar: se pierde. Puta madre. Acaba en un pasillo con un buen de puertas. Se asoma en una: ve a varios señores de verde parados como en un círculo.

Entra de golpe: tienen a una mujer acostada en una cama, con las tripas de fuera. Matasanos de mierda. Agarra un cuchillo de una mesita de fierro, y se chinga a todos los señores. Se arma un griterío. Llega la policía: les dice que si no lo encierran, mata a todos.

Ahora sí la hace en grande: le meten varias cosas por varios lados, entre ellas veinte años.

Se la pasa de lujo en su cuartito oscuro. El paraíso. Se mete con todos los que puede. De vez en cuando le pegan, pero eso también le gusta. Más duro, cabrón. ¡Más duro! Todo el día come pan, agua y semen.

Un día, el director de la cárcel va a verlo. Su verga redonda le recuerda los bolillos. Se limpia la baba del cuello. Sonríe: de hambre no se muere. De eso no.