Esferas blancas

A un espejo roto y olvidado

Claridad: cielo blanco que se yergue sobre la mirada. Encierro: el techo, el fin del mundo. El límite vertical que asciende hasta casi nada. En el suelo: un alguien él que desdibuja su vida ante un nadie atónito.

Blancura: espejismos de llantos. Desahogo: ahogamiento diluido en sal.
Recordar lo que se era. Revivir el vacío, la nada. Ser el él sin la ella. Ser, de nuevo, un hueco.

Las inmisericordias ajenas encuentran su cauce. Remanentes de un camino que han forjado a fuerza de fuerza. Y su debilidad se duele.

Ya en el arco iris fundido las manos buscan lo que los ojos se niegan a ver. En la luz tenue que es su vida tropieza con los tropiezos de su caída que está por acaecer.

Reflejos punzocortantes. Acero y plata. Carmesí. Casi negro. Contraste entre el blanco y el negro. Entre el azul del cielo y el rojo que, si Dios quiere, ha de teñirlo.

Cuestión de decidir. Cuestión de no cuestionar. Cuestión de renunciar para aceptar, sucumbir. Succionar, mamar, el óxido. Lamer los reflejos que iluminan perlas bocales.
Lengua. Saliva rubí que corre al filo mutilante de una cuerda. Riesgo paulatino que atraviesa una ciudad de noche sin luna llena.

Tamborileo sistemático. Balanceo escuadra y negro. Oscuridad. Perforación de muerte. Plomo en reposo: posibilidades abiertas.
Potencial. Poder:
Sensaciones.

Imagen: sucesión pronta de ventanas y pavimento. Viento estático que corre frenético por las manos que tiemblan. Un beso en los labios del pavimento. Un abrazo a lo gris de su tiempo.

Y allí, en el suelo: la menos obvia de las obviedades. Una posibilidad olvidada. La feminidad del valor. El salto en cámara lenta hacia el vacío de ya nunca regresar porque de nada sirve.
Esferas blancas. Pequeñas esferas invisibles que juegan en sus manos. Estrellas apagadas que apagan estrellas. Constelación de colapsos humanos en secuencia inversa: esferas, pues, de vida.

Y es, como muchas cosas en la vida, que la vida en exceso desvive. Y es así, en consecuencia, que las esferas, esferitas diminutas, cortan garganta, corazón y alma.
Inicia, pues, la carrera redonda donde quien gane hará perder y quien pierda acertará el golpe duro, bajo y definitivo, en la necromaquia bañada por fotones erotómanos.

De lo blanco a lo negro y al final del túnel lo blanco en escala de recuerdos futuros. Memorias no sucedidas se suceden unas a otras. Figuras fulgurantes danzan burlonas ante ojos ciegos de luz. Las manos, antes curiosas, ahora asen el aire enterrando las uñas en la carne de alguien. La boca, antes sellada, blasfema injurias en el idioma de los dioses muertos.

El fluido vital se detiene en seco, se seca, y se esconde. En el torrente de sensaciones abruptas sobrevienen las traidoras memorias inexistentes: la ella y el él en lo ello, en lo suyo. La oscuridad de una luna cruel derrama cuerpos sobre cuerpos y vierte sueños en quien sueña sin dormir. Todo a la par los recuerdos colapsan y lo colapsan.

Y allí, vestida de carne con uñas enterradas, la razón para dejar de razonar. Memorias perdidas: confusión desilusionada que enfrenta con desgano una verdad inatractiva. Y la carne y las uñas y esos ojos enormes, fundido en negro, segundos más, y otra vez los ojos dilatados que esconden un par de esferitas blancas ciertamente equivocadas.