Grafía

Sobre una mesa, como si fuese un altar, descansa su máquina de escribir. La máquina de escribir. Esa máquina suya, una Remington antigua, cuyas teclas desgastadas conocen de memoria el camino. Ese camino. Su camino.

Él, como todas las noches, contempla en silencio a la que fuera su compañera. Hoy es sólo un adorno. Un altar a la grandeza de los días de antes. Hoy es sólo un recuerdo. Hoy es sólo una Remington antigua, fiel en la grandeza y en el olvido.

Él contempla en silencio, siempre en silencio, la soledad de la silla. Una silla que ya nadie ocupa, porque ya nadie escribe. Una silla siempre vacía, porque vacíos están los libros que no se escribieron. Los libros inconclusos: los libros sin hojas ni tinta. Sólo uno vive, sólo uno basta.

No soporta el ruido ensordecedor de ninguna tecla golpeando el papel. Cegado por la oscuridad repite el ritual nocturno de quien no tiene nada mejor que hacer. Da unos pasos invisibles hasta que el sueño invade el imperio de la lucidez.

Duerme. Duerme y sueña. Sueña que escribe. Sueña que la Remington antigua, la del altar en forma de mesa, escribe. Sueña que el camino existe, que aún lo recuerda. Duerme. Duerme para olvidar que ya no escribe y que el camino ya no existe.

Sueña que el tecleo lo despierta.

El tecleo lo despierta.

Despierta. Hoy, excepcionalmente hoy, despierta entre un día y otro. Camina, siempre invisible, siempre en silencio, hacia la máquina: silencio.

La soledad de lo que no existe lo invade. Con una sonrisa incrédula toma una hoja y la coloca en su máquina, la Remington antigua, que sabe que sola no escribe, pero sabe que hoy sí.

Regresa a dormir. Duerme. Duerme y sueña que el tecleo lo despierta. Cuando el tecleo lo despierta, despierta. Camina, esta vez visible, hacia la máquina, que ya acabó de escribir.

Toma el papel entre sus manos: una hoja blanca que, aunque negra en la negrura de la noche, tiene escritas palabras bien claras. Una hoja que dice:

Sobre una mesa, como si fuese un altar, descansa su máquina de escribir. La máquina de escribir. Esa máquina suya, una Remington antigua, cuyas teclas desgastadas conocen de memoria el camino. Ese camino. Su camino.

Él, como todas las noches, contempla en silencio a la que fuera su compañera. Hoy es sólo un adorno. Un altar a la grandeza de los días de antes. Hoy es sólo un recuerdo. Hoy es sólo una Remington antigua, fiel en la grandeza y en el olvido.

Él contempla en silencio, siempre en silencio, la soledad de la silla. Una silla que ya nadie ocupa, porque ya nadie escribe. Una silla siempre vacía, porque vacíos están los libros que no se escribieron. Los libros inconclusos: los libros sin hojas ni tinta. Sólo uno vive, sólo uno basta.

No soporta el ruido ensordecedor de ninguna tecla golpeando el papel. Cegado por la oscuridad repite el ritual nocturno de quien no tiene nada mejor que hacer. Da unos pasos invisibles hasta que el sueño invade el imperio de la lucidez.

Duerme. Duerme y sueña. Sueña que escribe. Sueña que la Remington antigua, la del altar en forma de mesa, escribe. Sueña que el camino existe, que aún lo recuerda. Duerme. Duerme para olvidar que ya no escribe y que el camino ya no existe.

Sueña que el tecleo lo despierta.

El tecleo lo despierta.

Despierta. Hoy, excepcionalmente hoy, despierta entre un día y otro. Camina, siempre invisible, siempre en silencio, hacia la máquina: silencio.

La soledad de lo que no existe lo invade. Con una sonrisa incrédula toma una hoja y la coloca en su máquina, la Remington antigua, que sabe que sola no escribe, pero sabe que hoy sí.

Regresa a dormir. Duerme. Duerme y sueña que el tecleo lo despierta. Cuando el tecleo lo despierta, despierta. Camina, esta vez visible, hacia la máquina, que ya acabó de escribir.

Toma el papel entre sus manos: una hoja blanca que, aunque negra en la negrura de la noche, tiene escritas palabras bien claras. Una hoja que dice: